Era 1996 o 1997. No recuerdo exactamente el año, pero sí la sensación que me despertaba sentarme frente a una pantalla y un teclado. Si, además, tenía conexión a Internet (de aquellas que te dejaban sin línea telefónica), el subidón era inmenso. Tenía la convicción absoluta de que estaba a punto de iniciarse una revolución y quería ser parte de ella.
En el instituto, un profesor nos propuso crear una web con FrontPage. Sin presiones, jugando con código y pensando que, tal vez, alguien nos leería.
Lo que monté, no ganó ningún premio de diseño. Tenía fuente limpia, no recuerdo la familia. Un fondo crema y unos call to action que invitaban a los usuarios a participar. Ahora, parecería un tanto añeja en su diseño, pero funcionaba. Y eso, en los años 90, parecía magia.

Mi primer (y pequeño) sistema digital
Lo que no sabía entonces es que acababa de montar mi primer sistema digital propio. No lo llamaba así, claro. Pero lo era una estructura de piezas conectadas que tenía que mantener, actualizar y entender.
Durante años seguí montando cosas: Webs, blogs, plataformas, foros. En Fotolog, en Blogspot, en WordPress cuando el universo digital era «cosa de frikis».. Cada herramienta nueva era una oportunidad de aprender, de romper algo, de volver a montarlo. Y de compartirlo con otras personas que estaban en la misma onda.
Aprendí a base de errores. A base de que el código diera error, de que el diseño se rompiera o de perder los post de un blog por no haber creado una copia de seguridad. A base de entender que la tecnología no perdona el descuido, pero tampoco es tan complicada como parece si la tratas con criterio, desarrollé una disciplina y metodología de trabajo que continúo poniendo en práctica hoy en día.
Lo que ha cambiado (y lo que no)
Han pasado casi treinta años desde aquellas sesiones con FrontPage (uf, ¡qué vieja me hace sentir eso!. Las herramientas han cambiado tanto que parecen otro mundo. La forma de comunicarse, de crear, de compartir… Pero hay un principio de fondo que considero que sigue sigue siendo exactamente el mismo.
La tecnología que no entiendes acaba dependiendo de quien sí la entiende. El sistema digital que montas sin lógica acaba siendo un Frankenstein de piezas que no se hablan entre sí. Y la sensación de que tu negocio digital «funciona solo» casi siempre esconde que funciona gracias a alguien (una agencia, una freelance, tu sobrino) que tiene el acceso real a las cosas. Y el precio que pagas por esa dependencia de un tercero, es más alto de lo que piensas.
Por eso, mi trabajo con emprendedoras se centra en que entiendan lo que tienen. Que recuperen el control. Que no necesiten llamar a nadie para saber dónde está su dominio o cuánto están pagando por el hosting. Es decir, que recuperen la autonomía digital de su negocio y tengan la misma sensación que experimenté yo en los años 90, al serntarme frente a un ordenador y ver mi primera web. Que lo que están viendo es suyo. De verdad.
Tu próximo paso hacia la autonomía
Si sospechas que tu trastienda técnica ha crecido por encima de tus capacidades de control, mantenerla por inercia te está costando tiempo, dinero y foco profesional.
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Montse de la Iglesia
Consultora de Digitalización
Ayudo a emprendedoras a ordenar su trastienda tecnológica. Con más de 20 años de trayectoria, aplico el rigor del periodismo, la empatía del trabajo social y la lógica UX para simplificar tu sistema. Si quieres saber con claridad qué tienes, por qué lo pagas y cómo recuperar tu autonomía digital, te espero en mdelaiglesiam.com.